Okja: más que una película para no comer carne

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Al fin me animé a ver la nueva producción de Netflix que está en boca de todos: Okja. Si bien es cierto que  Okja, de Bong Joon-ho, logró ser recibido en Cannes con comentarios positivos, se suscitó una desagradable situación en cuanto a las políticas de distribución que han vuelto a dar de qué hablar; sin embargo, no son un asunto que interese demasiado al público, después de todo es él quien tiene la última palabra. En medio de toda esta tormenta, me puse a pensar que quizá se estaba dejando lo más importante: la posible calidad fílmica y su importancia narrativa

La historia se centra en Mija, una niña promedio que vive junto a su abuelo en las desoladas montañas de Corea. Ella y su abuelo se convierten en los encargados de criar a Okja, una cerda    producto de Mirando, la multinacional de oscuro pasado (esto debería considerarse pleonasmo, ¿no?) que busca con desesperación limpiar su imagen mediante un discurso ecofriendly. Para esto, Mirando emprende un proyecto de 10 años en los que sus cerdos serán enviados a distintos países,  donde se les dará seguimiento para mostrar al público que los adorables animalitos son criados de manera natural y no en horribles laboratorios como se piensa.

 

Los problemas inician cuando la multinacional exige devuelvan el cerdo en el que han invertido durante tantos años. Para evitar que la separen de su mejor amiga, Mija se ve obligada a luchar contra el corporativismo, más explícitamente, contra la peligrosa bestia llamada capitalismo, y se deja engullir para llegar a su corazón: Nueva York. A partir de aquí, la narrativa comienza a fallar un poco al ir de una conmovedora sátira política, a un intento de fábula.

Ya en la ciudad, Mija comienza a ser consciente de los manejos nada éticos en los alimentos modificados genéticamente, los pocos escrúpulos de las multinacionales, la corrupción; los efectos negativos de una globalización apenas sostenible en un mundo que aún no está preparado para ello; el eco-terrorismo lleno de incongruencias y de actitudes absurdas; así como la gran obsesión de la sociedad con la imagen, las marcas y su imperante necesidad de pertenencia al colectivo. Dentro de ese mundo, Mija se dará cuenta de lo difícil que es confiar en las personas, pues están dispuestos a traicionarte si eso los ayuda a cumplir sus objetivos: aquello que consideran ¨correcto¨. Sin embargo, el escenario no es todo pesimismo, pues siempre cabe la posibilidad de encontrar alguien dispuesto a ayudarnos.

En cuanto a los personajes, no queda claro si las actuaciones de  Tilda Swinton, la presidenta de Mirando, y Jake Gyllenhaal (especialmente éste último) son el mejor ejemplo del mundo absurdo que el director plantea o, si por el contrario, se trata de la peor actuación de Jake Gyllenhaal en su carrea. En contraste, las actuaciones de Paul Dano y  An Seo Hyun ayudan a dar ese equilibrio tan necesario en la película y, por qué no, olvidar el desastre de Gyllenhaal.

Pese a todo, la película termina siendo una especie de fábula anticapitalista, sin caer en la propaganda de izquierda; logra cautivar aun aun cuando existen momentos de sentimentalismo excesivo.

Por todo esto, me parece irrisorio escuchar o ver en las redes sociales que mucha gente se ha vuelto vegetariana a raíz de la película. La película no es en su totalidad como las campañas de sentimentalismo barato que en ocasiones ofrece PETA, va más allá de una simple sensación de desagrado, y nos invita a dudar en lo que creemos, pues nada nos asegura que nuestras creencias no sean también producto de la manipulación corporativa. La narrativa de Okja es un golpe de realidad que nos ofrece momentos de optimismo, sólo para recordarnos un par de minutos después la importancia de ver más allá de nosotros y percibir así la sociedad tan despiadada y deshumanizada en la que nos encontramos, que dejemos de engañarnos diciéndonos en una especie de mantra que:  ¨si estamos bien, el mundo también lo estará¨. De modo que, dejar de comer carne por una película sería paradójico con lo que  Bong Joon-ho plantea en Okja.

En fin, Okja no es una obra maestra, pero si es una rareza que vale la pena ver en familia y, después de las miradas incomodas, hablar sobre ella y comenzar a desarrollar verdaderas acciones ecológicas

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