Cotidiana: Lo ordinario

Escrito por: Jorge Valenzuela

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Estamos tan acostumbrados a las historias de príncipes azules que luchan contra dragones y escalan torres gigantescas, de hombres elegidos para realizar alguna acción heroica que nadie más podría, de batallas que se ganan en el último momento y de la forma más inesperada, de mujeres de cuerpos perfectos que viven de maravilla, de amores que se dan con una mirada y que duran más allá de la vida; estamos tan acostumbrados a las historias extraordinarias que no prestamos atención a las historias comunes, las ignoramos de la misma forma en que lo hacemos con los vagabundos o los perros que pasean por ahí inconscientes de las novelas que podrían escribir sobre las andanzas que han dado.

Y es en esa cotidianidad a la que estamos tan empeñados en ignorar, a la que miramos con desprecio, a la que le hacemos el feo, como dicen por ahí, en la que están esas historias que no se cuentan. La riqueza de lo ordinario es la riqueza de la gente. Es ahí donde están los escenarios y los personajes para nuestros relatos, para nuestros artículos o novelas, en los espacios de todos los días, donde la gente va y viene ensimismada, ajena a todo los demás, donde la gente se muestra con sencillez, con los zapatos gastados de tanto caminar, con poco o nada de maquillaje, con la ropa gastada a fuerza de tantas lavadas para quitar la mugre y las miradas de los curiosos, donde la gente sonríe a pesar de los dientes amarillos y el sudor en la frente.

Basta con estar atentos a las historias que están en todos lados, en cualquier rostro, en cualquier risa escandalosa y en cualquier microbús. Habrá que abrir bien los ojos y observar lo que pasa, a quienes pasan, a sus formas de andar, de vestir, de comer, de cargar las mochilas pesadas en las espaldas o los bolsos cargados con vaya uno a saber qué cosas colgados sobre los hombros. Observar con avidez, de la misma forma en que algunos hombres miran los traseros de las mujeres que pasan junto a ellos, observar sin miedo y con todo el descaro del mundo, a pesar de lo mucho que Carreño reprocharía esta acción.

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