Entre Modernidad y anti-Modernidad

Escrito por:Luis Alfonso Prado Hurtado

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La Modernidad es civilidad, humanidad: el hombre está menos impedido, se hace frente a las catástrofes naturales como nunca antes en ninguna época, las epidemias son controladas, el trabajo físico es mesurado y no extorsionado, hay más bienestar general, el moderno Estado de derecho no oprime y la religión ya no obliga, la naturaleza ha sido domesticada, el mundo civil es afirmado filosóficamente: hay cultura, dice Marquard (pág. 108). Sin embargo, existe una tendencia anti-moderna en donde la “liberación” se dogmatiza, se adopta una actitud negativa total y se pretende destruir el mundo moderno, el mundo presente: la economía aliena, el Estado oprime, la familia reprime, la razón sólo es razón instrumental, la religión embauca (ibíd., pág. 62), la medicina y la química envenenan y contaminan (pág., 115). A todo esto Marquard dice que debemos apostar por una actitud crítica en donde la razón antes de excluir, incluya, que primero sea razón-inclusiva.

Según Marquard, la teodicea leibniziana (1710) –forma específica de la filosofía moderna­– es una respuesta a las posiciones gnósticas y una defensa de Dios, el Creador, contra la idea de que no es un creador bueno y racional ya que existe el mal en el mundo. Como réplica a las concepciones marcionistas de un mundo malo y un Dios malo y por lo tanto contra la indiferencia de la destrucción del mundo, la teodicea de Leibniz navega en la marea de la negación escatológica del mundo. Dado que la modernidad se caracteriza por la conservación, la razón se vio en la situación de incluir al mal: el mal a favor del Creador: “sin malum no hay optimum; el mundo necesita los males para que haya el mejor mundo posible” (págs., 52-53). El siguiente paso es la “admisión del mal” y el primero hacia una razón inclusiva, pues según Marquard, gracias a la teodicea la razón se convirtió en razón inclusiva. Tras el fracaso de la teodicea por no poder responder a la pregunta “¿por qué entonces, siendo Él el buen Dios, no se guardó por completo de crear?” (pág., 54), y como parte de la odisea de la razón cuya tendencia es ser razón inclusiva, se permitieron ciertos males y surgió “la idea de la autonomía, según la cual Dios, efectivamente, detuvo la creación porque el hombre pasó a ser el creador.” (ibíd.) Se desmalignizó lo maligno: hecho ambivalente, meritorio pero a la vez sospechoso, pues uno de los malos productos de esto fue la “revolución” (pág., 58).

Un hecho inevitable como paso de la razón a razón inclusiva impulsado por la teodicea fue la profunda desmalignización del mal; y aquí se muestra la dificultad que tiene la razón para hacer a un lado su carácter exclusivo: se lucha contra las valoraciones tradicionales y la situación deviene una orgía de exclusiones (pág., 62). Sin embargo esto no es más “que la recaída –filosófico-revolucionaria– en la negación escatológica del mundo.” (pág., 63) La teodicea surgió para combatir las posiciones gnósticas y a favor de la construcción del mundo y abrir camino a la razón inclusiva. No debemos, pues, caer en el error del antimodernismo revolucionario que pretende destruir el mundo existente. “Hay, pues, un solo camino para la formación de la razón inclusiva: aprender a abrirse a lo que no entra en el esquema.

 

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El “antimodernismo” iniciado en la Iglesia a principios del siglo XX y desusado a mediados del mismo, y las revueltas estudiantiles a finales de la década del sesenta, fueron dos posturas a contrapelo del mundo presente, “existente”, el mundo moderno. Según Marquard, en la década del setenta, el siguiente y último movimiento contra el mundo contemporáneo fue una crítica a la tecnificación del mundo, la polución ambiental, el armamentismo, la guerra, la contaminación de ríos. En Europa Occidental y especialmente en la República Federal Alemana -continúa Marquard-  los movimientos pacifistas y estudiantiles actuales (segunda mitad de la década del ochenta) son la continuación del antimodernismo, que podría llamarse “antimodernismo futurizado”, ¿qué se entiende por éste?

La filosofía de la historia, al contrario de la filosofía que afirma a la modernidad (filosofías del  mundo moderno de las que no se hablará), según Marquard presenta tres variantes, siendo una de estas tres una excepción a la negativización del mundo moderno. La primera variante y la excepción es “la filosofía de la historia burguesa, no revolucionaria”, afirmativa del presente, sin embargo, considera los mundos pasados como algo negativo. En este sentido, la filosofía de la historia hegeliana, del espíritu universal, tiende a absolutizar el hecho de que necesariamente para alcanzar la felicidad –lo bueno–, tiene que existir un malum, y sin importar los medios, neutralizarlo (págs., 16,17 ss.). Se afirma el futuro a costa del pasado y enalteciendo el presente como único medio para el futuro y el progreso. Sin embargo las cosas no suceden así, atendiendo a lo realmente posible la condición humana consiste en falta/compensación dice Marquard: sin vislumbrar lo absoluto, en medio de los progresos de la modernidad, tenemos la tarea de compensar las faltas que a lo largo de la historia se presenten sin otra opción (inexpugnables).

La segunda forma de filosofía de la historia es la forma preterital antimodernística del Romanticismo: se ennoblece el pasado negando el mundo presente. El presente es decadencia y difiere de otros mundos pasados como la Grecia clásica o el mundo germánico. La tercera forma de filosofía de la historia es el antimodernismo futurizado: niega el presente ennobleciendo el futuro: “el progreso que lleva al presente –que trae el infierno a la tierra– es decadencia; sólo el progreso que avanza a la revolución futura es verdadero progreso, y él devolverá otra vez el cielo a la tierra.” (pág., 110). El antimodernismo futurizado podemos encontrarlo en Fichte quien diría “época de la consumada pecaminosidad”, y en Marx, para quien el progreso está en las manos de la revolución del proletariado, deshaciendo las clases y con esto dando un paso hacia el futuro sin explotación ni alienación.

 

Para cada una de las tres formas de filosofía de la historia existe una concepción de la naturaleza: (1) La promodernista dice “allí donde hubo naturaleza, debe haber cultura.” La naturaleza salvaje tiene que ser domesticada. (2) La posición antimodernista preterital predica el retorno a la naturaleza pues el mundo moderno la ha relegado. (3) El antimodernismo futurizado, dice Marquard, se interesa sólo por lo ya hecho historia gracias a las manos del hombre; “lucha contra los restos de naturaleza bruta que sobreviven aquí o allá.” A partir de la política liberal, la técnica y las ciencias modernas el antimodernismo futurizado pretende liberar a la naturaleza de la técnica y las ciencias modernas, de aquí su contradicción. Mediante la revolución la actual lucha es para la protección de la naturaleza, por una parte, pero por otra parte la naturaleza no entra enteramente en el esquema de la revolución.

El mundo presente, el mundo burgués, explota a la naturaleza, y por lo tanto se lucha para suprimir este mundo. El antimodernismo futurizado hace de la naturaleza una utopía y ve en ella la víctima y la panacea. Sin embargo, el mundo moderno ha superado muchas contrariedades por medio de la medicina, la química, la tecnología, los acuerdos de paz entre las naciones, y esto es buena muestra de que el estado de naturaleza no es el cielo en la tierra. Cuando el estado de naturaleza -dice Marquard- no se adapta totalmente a las pretensiones revolucionarias utópicas, puesto que el zorro se come a la liebre y los parásitos matan al ser humano, la naturaleza aparece entonces desde el punto de vista de la denuncia del mundo moderno como un mero medio humano para la revolución. De aquí que la filosofía de la historia revolucionaria tienda a la destrucción de manera doble: querer suprimir el mundo moderno al creer que la naturaleza es una utopía, y vivir en una especie de situación precaria precisamente por esa creencia.

Esto es algo de lo que se puede leer en la serie de conferencias impartidas en Alemania en diferentes años por el catedrático de filosofía Odo Marquard, tituladas “Felicidad en la infelicidad. Reflexiones Filosóficas” editadas por katz, Buenos Aires, 2006.

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A propósito de la cosa que escribí antes para esta revista (“Diógenes y la autodeterminación…”) me dijeron que no es nuestro Estado multinacional, que la nación es única e indivisible, que la misma constitución lo dice, que lo correcto sería pluricultural. Bueno. Quién sabe cuántas falacias habré escrito, pero estoy seguro que no más que las Ad hominem que la filosofía ha recibido desde sus inicios.

Y sobre la relación entre EUA y México, pues, todo es gringo: el jazz, la música electrónica, el dance, Robert Moog, el movimiento hip-hop: rap, grafiti, dj; Eua es un país que no deja de producir plataformas para venderlas a todo el mundo: Facebook, YouTube,etc., y uno de los últimos sueños del mito que fue la contracultura en el siglo XX: el rock. No es para renegar de todo esto sino para ponerlo en el lugar que le corresponde. Sería bueno que México también produjera sus propias plataformas. Y ya ni hay contracultura, sólo un montón de gente aburguesada pagando renta, tomándose fotos con el celular, quejándose de esta modernidad a media$ tan característica del tercer mundo y tapando baches con granzón en un camino que mejor podría ser una arboleda.

 

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