SEQUIEAS (NOVELA POR ENTREGA, PRIMERA PARTE)

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Carlos Zamora, 10:00 am

-Sumiso, de entre los juncos, apareció Álvaro Morati tomado de la mano de Rosaura Villafuente. Yo apenas comenzaba a despertar y sus figuras me parecían dos sombras transparentes. Ahora sí ya te chingaste, le escuché decir a Mario. Me llevé las manos a la cara e intenté comprender lo que ocurría. Al ver mi desconcierto, Mario se apiadó de mí y terminó por explicarme. Hace como una hora, o dos, Rosaura se despertó bañada en sudor y con una expresión de terror en el rostro. Todos nos sacamos de Onda, sobre todo Álvaro, pensamos que se estaba mal-viajando. De improviso, como si se hubiese puesto a rezar, Rosaura comenzó a repetir tu nombre una y otra vez, estaba poseída, y luego gritó que no te quería más, es en serio, ¡la pinche loca gritó! Alvaro intentó acercarse a ella para consolarla, pensando que aun permanecía atrapada en los residuos de un mal sueño, pero antes de que pudiera siquiera tocarla ella bajó de la furgoneta y dando zancadas largas comenzó a gritar: ¡No quiero más a ese pendejo con nosotros! Evidentemente, Álvaro fue tras ella y descendieron por los juncos. Estuvieron ahí una o dos horas mientras dormías como un bebé, terminó por contarme Mario. No le hice preguntas, me costaba trabajo entender lo que decía. Tenía una resaca terrible e intentaba recordar lo que pude haberle hecho  la noche anterior a Rosaura para que de pronto estuviera tan enfurecida conmigo, pero solo conseguía recordarnos a todos bebiendo en el bar del inglés, bebiendo mezcal y tequila y luego bailando canciones de Juan Gabriel y los Ángeles azules. Cuando terminamos de bailar salimos a la calle, caminamos varios palmos en completo silencio, viendo la luz de la luna y las luces de los departamentos apagarse como pequeñas luciérnagas; soldados caídos en el campo de batalla de la ciudad de México. Luego Álvaro, con su voz de maricón, no pudo evitar, como de costumbre, recitar esos poemas que todo mundo conoce; primero el poema 20 de Neruda, levantando los brazos y apuntando a las estrellas; luego le siguió Bécquer y su remilgada rima XXl; el muy cabrón se atrevió a recitar al hijo de puta de Benedetti. Si hubiera sido otro y no Alvarito, le hubiera partido la cara, primero por maricón y luego por pendejo. Rosaura lo veía con ternura, pero no por su forma de recitar ni por los poemas que recitaba, era algo distinto, como si lo viera con  ojos ocultos, ojos de madre; respecto a esto, siempre he pensado que Rosaura no ve a Álvaro como a un hombre, sino como al hijo que no ha podido tener y que sabemos nunca tendrá, por la simple razón de que la naturaleza no la tomó en cuenta para procrear, solo para recibir. En todo caso, la relación que lleva con Álvaro tiene el atractivo complementario de una relación incestuosa, difícil de no imaginar en Rosaura, pero en cambio, el pobre de Alvarito no tiene ni la menor idea de esto, es demasiado bondadoso, el hijo de puta más bondadoso que haya conocido.

Rosaura, 10:00 pm. 

¿Han tenido alguna vez la sensación, quizá el presentimiento, de que a la noche  le sucederá otra?  ¿Sentido el terror de una segunda noche  inconsciente de su tiempo? Una noche furiosa, decidida a no cederle el paso al día nunca más. He tenido el mismo sueño durante un mes. Estoy harta. No puedo más. Despierto bañada en sudor, con la respiración agitada y los ojos orbitando por toda la habitación, como para comprobar que no estoy envuelta en penumbras; luego me sumerjo en las sabanas y cierro los ojos para tranquilizarme y aprieto los labios, y es ahí cuando la imagen de Carlos aparece de la nada, arrebatándome de mí. Aprisiono las sabanas en mis manos como amenazándolas para que lo aparten de mi vista, pero solo consigo que su  imagen se haga más visible, más enérgica, llena de vida, y deja de parecer una idea y se transforma en el verdadero Carlos: Carlos tomándome por la fuerza, como raptándome y llevándome a su cuarto de motel, donde me desviste y lo dejo que me desvista haciendo un leve forcejeo únicamente para hacer del juego erótico una experiencia más atractiva, más placentera. Luego me tumba sobre la cama, me lame los pezones y recorre mi cuerpo con sus manos hasta llegar a mi sexo. Me pone boca abajo, se baja los pantalones y pone su verga entre mis nalgas, dando vueltas como una serpiente eléctrica que atraviesa mi pecho dejando un hueco que se cierra en el instante, reproduciendo esa misma electricidad por las plantas de los pies hasta que esta escapa por las ojos y la boca en forma de gemidos. Finalmente logro abrir los ojos y, excitada, le pido a Álvaro que me coja, pero Álvaro siempre termina haciéndome el amor.

Alvaro Pizarro, 12:00 am

A diferencia de mis amigos poetas, yo no tengo ninguna manía. Tampoco llenan mi vida eventos vulgarmente llamados paranormales. Soy un tipo bastante normal. Mi única afición consiste en salir a caminar por la calzada a medianoche. Voy solo, sin libreta ni celular, nada que pueda raptar mi silencio; esa conversación a la que todo mundo teme. Camino y luego corro gritando en inglés We´re free, we´re free, we´re fucking free, como un loco buscando ocultar su locura, peor aún, un cuerdo avergonzado de su libertad. No sé si sean esos los ratos más felices de mi vida, pero sí los más libres.

José Paredes. 12:00 am

Somos libres de elegir cómo perder la puta libertad. No nacimos para ser libres. Nos sometemos a una mujer, un gobierno, un empleo, y, si se es subnormal, incluso a la poesía…

Carlos Apastegui ND

De todas las posibles implicaciones de salir con María, a mí se me había ocurrido la absurda idea de lograr que se enamorara de mí. Quedamos de vernos en el café Valencia, como a las cuatro o cinco de la tarde, no recuerdo exactamente la hora. Llegué tarde, eso sí lo recuerdo bastante bien. Estaba en casa de Julio Vega, escuchándolo hablar sobre crear un nuevo frente social, entre botellas y yerba, luego descubrí que todo era un pretexto para de nueva cuenta hablar de sus problemas con las mujeres, o, con una mujer en específico, pero le gustaba generalizar para no sentirse tan mediocre. Aburrido, comencé a ver alrededor de la habitación para distraerme mientras Julio hablaba, y fue al ver el altar de su madre que recordé mi cita con María. Me despedí de Julio, le dije que todo iría bien y salí rumbo al Café Valencia. Como no tenía dinero para el autobús, tuve que ir caminando. Al llegar, me miré en la vidriera y me acicalé el cabello. Entré en el café, vi las mesas y busqué a María pensando a la vez en una excusa convincente. De pronto la vi, acomodada en la mesa junto a la barra, pero no estaba enojada, ni triste, y mucho menos sola; un tipo de nuestra edad la acompañaba, más alto que yo, más elegante, pero igual, más estúpido, esto no lo digo por alguna especie de envidia, en verdad era un estúpido, pero de eso les platicaré después. Sin darle mayor importancia, me aproximé a la mesa y los saludé a ambos. Me senté y ellos continuaron conversando como si yo no estuviese presente. En más de una ocasión se me había ocurrido irme de ahí, pero no sé de donde obtuve la voluntad necesaria para permanecer sentado. Entonces, como si de pronto se hubiese percatado de mi presencia, María se dirigió hacia mí y me pidió mi opinión respecto a Lorca. Es un maricón, le dije. Ella sólo sonrió y regresó a la conversación que antes sostenía. Un frío terrible comenzó a invadir mi cuerpo, esa sonrisa me devoraba por completo. ¿Qué fue? ¿Desprecio? ¿Lastima? ¿O es que acaso fue decepción? Mi mente maquinaba todo tipo de preguntas y respuesta inútiles. Pero entonces recuperé el rumbo de mis pensamientos y reflexioné al respecto. ¿Por qué de pronto me preocupaba lo que María pensara? ¿Qué me tenía tan preocupado? Pedí un café y le pregunté a María si quería ordenar algo, dijo que un cappuccino y una rebanada de pastel de queso. Le pedí al barista que los trajera y aguardé. Saqué mi libro del bolsillo y me puse a leer; mis ojos avanzaban sobre las líneas, pero de alguna manera lograban escaparse para ver a María y entonces terminaba por no entender nada de nada. Página 23, página 24, página 25, página 26, página 25, página 23. No lo soporté más. Lorca es un maricón, dije, el último gran maricón que la literatura logró producir; después de él no hay ya más poesía. Para ser poeta se necesita ser maricón. Ahora ya no hay maricones, sólo un grupo de pendejos que buscan ser penetrados por el culo antes que por el corazón. Los dos me miraron detenidamente. Mi vergüenza aumentó, había terminado por darme la estocada final y ahora la humillación se desbordaba por todo mi cuerpo. D pronto, la vergüenza se arrastró y mudó de piel y me sentí enojado, enfurecido conmigo mismo, con María, con el imbécil aquel que la acompañaba,  con Lorca por volver maricón a todo aquel que lo lee. Me levanté de mi silla y me fui. El barista, creo, intentó detenerme, y no sé si lo pensé o lo dije, pero recuerdo las palabras: ¨vete a la verga. Afuera la lluvia arreciaba por las calles de la ciudad y las alcantarillas poco a poco se iban tapando, yo hervía de sensaciones debajo de ella. Doblé la esquina y seguí caminando cuando sentí los pasos tras de mí, los pasos de la noche, los pasos de la luna que no me abandonaba, los pasos del destino (vaya tontería): los pasos de María. Había planeado hacer que María se enamorara de mí, y terminé enamorándome de ella.

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