HOJAS NEGRAS

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Recostado sobre la yerba verde miraba en lo alto los cables de luz cubiertos por aves de patas blancas y picos rosados, al fondo había un cielo estrecho ahogándose entre moribundas nubes deformes. La luna, pálida, brillaba como una lámpara fluorescente encendida en una habitación ya iluminada. Nada sucedía. Nada nunca sucede. Narda no me conocía. Narda no me conoce. Narda no me conocerá.

Era domingo, yo estaba recostado en el mismo lugar de siempre, con la mirada clavada en el mismo cielo de siempre, acompañado por  la misma sensación de siempre. Narda, con su voz de diamante, me contaba la historia del verdadero amor de su tía; un hombre cuya vida terminó no a los pies de la mujer que amaba, sino colgada en las ramas de un árbol de Sequoia. Árbol de ramas oscuras y hojas de flama, con su sombra me protege de los rayos de sol para que la sangre no se me seque, para que no me evapore. Me conmovió un poco la historia. Pensar que el pobre árbol ha dado sombra durante tanto tiempo sin recibir retribución alguna. Pero bueno, ¿a fin de cuentas cuántos de nosotros hemos sido retribuidos por nuestros actos? Quizá esperar esa retribución es lo más egoísta que un hombre pueda esperar, lo más ingenuo que pueda pensar: El egoísmo nos ha hecho ingenuos. Narda se aproximó y dejó caer su espalda sobre mi pecho: formamos una cruz con nuestros cuerpos. Narda continuó hablando con su voz de cobre: no le presté atención. En mi cabeza había una imagen y una duda; las ramas verdes del árbol resistiendo el cuerpo anaranjado de un hombre; ¿Cómo podría agradecer al árbol? ¨Abuela dice que tú también eres el amor de mi vida¨, dijo Narda interrumpiendo mis pensamientos y luego enmudeció, como si de pronto se hubiese censurado al percatarse de su irrupción. El amor de su vida… En realidad no lo había pensado antes. ¿Debí haberlo hecho? Si estaba con ella era para no estar solo. Creía que ella lo entendía. Y sin embargo, la verdad es que ninguno de los dos lo entendía.

Nunca me ha gustado estar solo, la gente me malinterpreta y cuando digo esto instintivamente ven en mí una oportunidad para sincerarse, o para ser oídos, que no es lo mismo, como si fuese yo alguien dispuesto a oír las cosas absurdas y aburridas que caracterizan sus existencias. ¿De dónde ha venido esto? Parece una frase venida de inicios de los 2000. Peor aún, inician discusiones absurdas incitándome a participar en la elección de un tetrástico o una sextina, si Quevedo o Góngora, si empirismo o racionalismo, ¨todo lo ven en opuestos¨, dijo Narda en una ocasión, sintiendo también ella que había dado en el clavo; pobres, no se enteran de nada, están tan desesperados por tener la razón que se lanzan contra ella con firmeza, pero ésta se les escapa de las manos como una mosca o como cientos de moscas. Que no me guste estar solo no significa que me guste platicar o juguetear o discutir o acariciar, o amar; solo necesito a alguien al lado mío, como una sombra de carne y hueso que me acompañe noche y día, que me haga creer que soy como todos los demás y comprenda a la perfección que no debe hablar, por ningún motivo debe hablar: una sombra de carne y hueso, pero muerta, o ligeramente muerta. Narda no era esa sombra. ¨Y tú me amas?¨, preguntó después. Le dije que sí. ¨ ¿Qué tanto?¨, insistió. La pregunta me irritó sobremanera. ¡No le bastaba con oír lo primero! Esperaba una cantidad. ¨Nada¨, contesté agriamente. Su rostro palideció y lágrimas comenzaron a asomarse por sus ojos. ¨La nada se encuentra en nosotros, en ti y en mí, en todo: el universo es la nada. Así te amo¨, agregué no esperando demasiado ante un discurso tan absurdo, pero los ojos de Narda derramaron águilas celestes, su rostro recobró color y cierto rubor que, a pesar de todo, me pareció realmente enternecedor. Narda, un ave con canto de reptil enjaulado en las profundidades de su ser.

Narda no llegaría, le dije que nos viéramos en un café, pero no tenía intención de acudir a la cita, todo lo que quería era permanecer acostado el día entero y sentir los pulmones hincharse de nicotina, lamer mis figuras de plomo y lanzar suspiros con los versos de Whitman. Pensé en lo agradable que sería ser un perro; tres perros, Whitman, Thoureau y yo dando vueltas para olernos los traseros, he ahí la belleza de un acto capaz de opacar el verso. Dejé el libro de Whitman sobre la yerba y miré el cielo. Una avioneta daba vueltas como un listón rojo impulsado por una mano invisible. De su pecho se escurrió su sangre blanca y formó sonetos indecibles pero de apariencia sensible. Una  gran indignación creció dentro de mí, no podía creer lo que habían hecho con el cielo usándolo para metáforas y alegorías, lo habían transformado en un símbolo, todo por el afán de embellecerlo, al cielo, que ya es bello por sí mismo. (Estamos locos.) En mi indignación tomé el libro de Whitman y lo apreté con todas mis fuerzas, como si intentara protegerlo de los poetas insensatos que escriben desde el cielo y no de la tierra para el cielo. Los que, como Ícaro, desesperan el vuelo. Entonces la crepitación, Ícaro desfalleciendo, hojas de otoño en el suelo. O eso fue lo que escuché: una hoja se había rasgado, ¡Oh captain! ¡Oh captain! Se leía en la página amarilla, una vez más se despedía de mí. Hiperpoesía de performance. A punto estuve de llorar, pero luego pensé que era lo mejor que le podía pasar; pronto la tiraría en el cesto de basura y luego ardería en algún basurero de la ciudad. Hoja verde sobre llama roja, y encima, humo negro. El mundo es llama, la vida es hoja, el hombre es humo.

Narda se cansó de llorar y acomodó su cuerpo de tal modo que terminó dormida sobre mis piernas, como un gato incomodo que sin embargo no queremos incomodar. El cuerpo se me había entumecido, tenía ganas de moverme, pero temía que de hacerlo Narda pudiera despertar y terminar así ese estado silencioso que la hacía tan hermosa ante mis ojos. Entonces comencé a pensar en lo que me hacía ver a Narda tan hermosa. No eran su nariz o sus ojos, tampoco sus labios rosados, maltratados y salados. Su cabello oscuro como hilos deshilachados estaba lejos de ser aquello considerado atractivo en ella. ¿Su cuerpo? No, su cuerpo era delgado, más que el mío incluso, era como el de un adolescente cocainómano, discípulo y maestro de Sade, recién inventor de la auto-estimulación sexual. Resultó que todo eso era lo hermoso en ella. Era tan distinta a todas las demás mujeres bonitas con cuerpos perfectos. Narda no tenía necesidad de moldear su cuerpo o poner alguna base de maquillaje sobre su rostro –aunque a veces lo hacía. Ella era realmente fea, pero ahí se encontraba su atractivo: era fea, lo suficientemente fea como para temer perderme y buscar alguien más. Pero bueno, a fin de cuentas todas son feas, pero hay quienes se esfuerzan realmente en mostrar lo contrario. En cierta ocasión me encontraba sentado en la estación del tren luchando entre la decisión de comer o dormir, pensarlo me provocaba más hambre y sueño. De pronto una mujer con anteojos entró junto a un hombre fornido y moreno, guardaban gran parecido, por lo tanto deduje que debían ser parientes cercanos, incluso hermanos tal vez. Dejé de seguirlos con la mirada y tomé un pedazo de pan que llevaba en la mochila y comencé a comer. Una persona sentada al otro extremo de la estación decidió dormir, puso pliegues de periódico sobre las sillas y se acostó para no despertar. Devolví la mirada a la mujer de anteojos, no dejaba el espejo y comenzó a sacarse la ceja con unas tijeras, su concentración era admirable, pero el propósito no era sino una trivialidad, si hubiese empleado esa concentración en alguna actividad o propósito mejores yo mismo le hubiera besado los pies. La mujer tenía algunas dificultades, así que optó por quitarse los lentes; y es aquí donde la situación comenzó a tornarse interesante, pues aunque es cierto que a veces uno se quita los lentes por comodidad (aunque eso implique ver menos), para beber el té (que entonces se ve menos que sin lentes), por ejemplo, esa mujer se los quitó sin la lamentación que caracteriza a todo aquel que use lentes de aumento; estaba seguro de que se trataba de anteojos ornamentales -diría estéticos, pero creo que últimamente se emplea bastante mal esa palabra-, y vaya que lo eran, pues sus ojos eran horribles sin esos cristales. La mujer continuó con su labor, absorta, nada alrededor de ella tenía importancia alguna. Una señora gorda, morena y vieja con cabello descuidado y sin muelas intentó hablar con ella, pero no recibió sino el silencio del mundo expresado en aquella mujer de manera sublime. La señora, enojada ahora, pero sin alzar la voz, volvió a hablarle a la mujer que se maquillaba. Esta vez funcionó y la mujer bajó su espejo un tanto avergonzada. En un principio supuse que la señora era la criada, pero al ver que la mujer respondía con cierta complacencia, respetando la autoridad de la señora, llegué a la conclusión de que eran madre e hija. ¿De qué otra manera podría uno sentir vergüenza y respeto a la vez? Hablaron por no más de un minuto y luego la señora se levantó y dejó el lugar para no regresar ya más. La mujer comenzó a morderse las uñas, y luego, como si la conversación la hubiese agotado, buscó dentro de su bolsa por dos o tres minutos, hasta que finalmente sacó una botella de agua. Giró la tapadera muy despacio, levantó la botella y la inclinó de manera estúpida, muy meticulosamente, pero estúpida de igual forma. Intentaba guardar su solemnidad hasta en lo más básico, estaba claro que su vida consistía en representar un personaje, una princesa o una duquesa, no: una mujer. En ese momento sentí una repugnancia total por las mujeres, todas y cada una de ellas me parecían horribles, seres ocultos física y mentalmente. A donde quiera que mis ojos viajaban, ahí las encontraba, con sus rostros mostrando una realidad alterada, ocultando un secreto, pero mostrando otro. Mascaras desmoronándose de a poco, rostros donde la piel caía en tiras. Luego pensé en Narda y, extrañamente, sin saber por qué, comencé a tranquilizarme. Las mujeres de la sala me parecían aún horribles, pero ahora la situación no me parecía tan absurda, tan intolerable, había una razón: no la supe en ese momento ni la sé ahora. Tal vez Narda tenía razón cuando decía que si bien los movimientos de la mujer pueden llegar a ser mecánicos, no tiene ella la culpa, solo intenta realizar lo que la sociedad exige de ella. La mujer lo sabe y teme esto, esa es la razón por la que nunca sale sin su espejo de bolsillo, intenta no olvidarse de quién es en realidad, pero… quizá ya haya olvidado el propósito del espejo y ahora lo saque de su bolsa mecánicamente como lo hace con todo lo demás, incluso con sus sentimientos.

El hombre es humo: todo se desvanece.

Narda en el horizonte. Narda en el abismo. Narda en mi cuerpo. Narda en todas partes. A veces temo el día en que Narda se vuelva humo, su partida me tiene sin cuidado, es mi reacción lo que me preocupa.

Estaba pensando que tal vez sería mejor alejar a Narda de mí, irme lejos, allá donde no pueda encontrarme, donde haya montañas infranqueables y rojos cielos infinitos cubiertos de estrellas negras; lejos muy lejos, como lejos nos encontramos en la proximidad. Pero… ¿Cómo? ¿Cómo alejarme si no tengo ganas de irme? El techo rugoso, frío y seco no ofrecía opción alguna, las aspas del ventilador continuaban girando con su típico ritmo antipático proyectando sus sombras en las paredes de yeso blanco. Desesperado, me levanté de la cama y recorrí la habitación de un lugar a otro, sentándome, parándome, arrastrándome, ¡saltando y aullando por toda la habitación! Cogí el teléfono e intenté llamar a alguien del directorio: vació, sólo números desconocidos de personas que no entienden un carajo. Ocurrió entonces que lo vi frente a mí. Una emoción terrible, ¡terrible!, me asaltó al percatarme de la similitud guardada entre ambos: horribles los dos. Al parecer leíamos la misma basura y se nos antojaban las películas en blanco y negro por la facilidad con que se adaptaban a nuestras pupilas. Hablamos del Flaco y su Cementerio Club y de lo maravilloso que sería beber un mate mientras escuchábamos Artaud y luego leíamos Artaud, y luego provocar que el Flaco escribiera y Artaud cantara. Reímos como locos, como cuerdos, como cuerdos locos, como cuervos con ojos en los picos. Ya entrada la tarde hablamos de la fascinación que ambos compartíamos por Whitman y sus barbas grises como de mago Tolkiano, de sus versos, de sus hermosos versos desnudos y cubiertos de espuma cuántica, de agua, de alcohol recalcitrante en garganta muda. ¨Hacia el jardín del mundo¨, dije. ¨Hacia el jardín del mundo¨, murmuró. Animado por la emoción ya imposible de sostener, me aproximé para estrecharle la mano y adivinó mis intenciones, pues seguro estoy que se propuso hacer lo mismo, pero en el roce de manos su cuerpo se quebró en mil pedazos. Ojos, brazos, piernas y manos se esparcieron por el suelo. Me quedé parado sin saber qué hacer, su ojo me observaba enérgicamente, como si fuese yo quien se hubiese quebrado y no él.  Cuando me quise mover me percaté de los pies lacerados que sangraban como arroyos sobre la madera. Lloré toda la noche. Era imposible que la lluvia empeorara: ya me encontraba empapado hasta los huesos. Eso, creo, lo dijo Whitman, o Lou Reed, o Leonard Cohen, o yo lo dije en ellos. No lo recuerdo.Tampoco ellos.

Narda despertó, abrió la boca para bostezar y después se llevó las manos a los ojos para limpiarse el sueño. Luego quedó dormida nuevamente. A veces creo que Narda tampoco siente nada por mí, y si está a mi lado es precisamente por eso, porque sabe que yo no siento nada por ella. ¡Vivimos sin presiones! Sin la carga emocional de tener que complacer al otro. Ir por la vida cogiendo con quien se nos pegue la gana, mejor aún, coger con la vida misma y tener una orgía con su hermana la muerte. Pero… no es así. Nada llega a ser tan sencillo, y si lo fuera, somos una especie versada en complicarlo. Narda no me ama, me idolatra. Dice que debería escribir lo que digo. ¨Mucha gente te leería, tienes una sensibilidad bastante peculiar¨. A veces Narda dice cosas que, aunque me avergüence admitirlo, terminan por agradarme; somos los perros de Pavlov salivando con las palabras. Narda se esfuerza, lo sé, y apreció su esfuerzo. Hay veces en las que sin darse cuenta me cita, yo no la corrijo, y no por vanidad de escuchar en boca de alguien más lo que antes dije, sino para no hacerle ver que todos los tipos que cita son unos embusteros, yo soy uno de ellos, un día digo una cosa y al siguiente digo otra. Y no, como piensa mucha gente, por una madurez de pensamiento, porque constantemente crecemos junto con nuestros pensamientos, no es sino un olvido involuntario, una personificación de alguien ya antes muerto con un dialogo que se olvida y se improvisa. La gente debe creer en algo. Narda debe creer, pero no en mí, es peligroso para ella. Es peligroso para mí.

Ojalá pudiera amar a Narda, sorprenderla una mañana llamando a su puerta con un ramo de flores en la mano, abrazarla y apretar su cuerpo contra el mío para que sienta cuánto la amo, para que huela mi loción Hugo Boss. Entonces nos tomaríamos una foto, yo vistiendo un bonito traje Calvin Klein y ella en su bata rosada, subir la foto en alguna red social esperando que a alguien le importe. Contestar los mensajes de aquellos que pretenden darnos importancia y corresponderlos igualmente. Llevarle serenatas por las noches, en los aniversarios o los cumpleaños, hacer enviar de Francia, de Italia y de la puta madre los libros que tanto ama. Pero eso nunca pasará. Los dos lo sabemos bien, o al menos espero que así sea.

¿Cómo despedirme de lo desconocido?

Narda tiene que irse. Pierdo la concentración. Ayer no logré conjugar el verbo giocare en el participio. Hoy no pude conjugar el verbo reposer en el pluscuamperfecto. Apenas si he leído al viejo barbón… ¿Cómo es que se llama? No importa, sé que debo leerlo, pero no encuentro tiempo. Todo este pensar en ella me vuelve loco. Le dije que no viniera porque creí que lo soportaría, pero no es así, con cada segundo que pasa la extraño dos más. Esto último ni siquiera creo que sea mío, me parece que lo he robado de algún patético desolado, un rechazado. No sé qué rayos ocurre. Desde que se fue hace un mes durante una semana a Cabo me encuentro extraño, apenas si logro reconocerme. En aquella ocasión tuve un ligero ataque de asma, al menos así quiero llamarlo, pues la respiración se me dificultaba, me sentía, perdonen la sucia metáfora,  como un pez perdido en un bosque ardiente lleno de aves silvestres. Tenía que inhalar profundamente, fingir que bostezaba para llenar los pulmones de aire. Para el segundo día ya no tuve el problema de respiración, pero ahora tenía problemas para leer, para concentrarme; apenas leía una frase alzaba la mirada, esperando encontrar no sé qué, y cuando esto no sucedía sentía que algo dentro de la cabeza pateaba. Después tuve una infección estomacal y los huesos comenzaron a dolerme; primero los martillazos en los muslos, uno tras otro, y luego los sentí sobre las rodillas, el dolor se incrementó y yo gritaba desesperado porque me golpeaban desde dentro, los huesos se lamentaban con alaridos que solo yo era capaz de escuchar, mas, como con todo, era incapaz de aliviar. Vomité una y otra vez hasta que terminé dormido. Al despertar ya no tenía malestares, pero deseaba continuar durmiendo, aferrarme a las sabanas para siempre, y en cierto modo lo hice, dormía entre 15 y 18 horas al día. En las horas en que permanecía despierto la ansiedad me tomaba y me postraba contra la cama una vez más, con los ojos abiertos mirando el  techo, implorando por el sueño o la muerte, era esta la peor gravedad antes experimentada. Finalmente Narda regresó de su viaje. Tocó a mi puerta y sin preguntar de quién se trataba abrí. Llevaba en las manos bolsas con recuerdos y un vinil de Spinetta. Las bolsas cayeron al suelo y Narda comenzó a llorar. Después se lanzó contra mí y me abrazó fuertemente, como si temiera que yo me fuera de su lado. ¨Mírate, no me digas que has vuelto a… por favor, no te vayas, no me dejes¨. Mis brazos que apuntaban hacia el infierno se levantaron y rodearon a Narda, ella no pudo esconder su emoción: era la primera vez que la abrazaba, la primera vez que con verdadera intención buscaba abrazar a alguien. Estuvimos así no sé cuánto tiempo, luego hicimos el amor en la sala, el cuero del sofá era incomodo en un principio pero al final fue más poderoso el sentir de nuestros cuerpos abyectos. Despertamos en mi habitación en medio de un manto solar que me quemaba los ojos. Le pedí a Narda que se marchara, que me dejara solo. Ella no discutió, sonrió y cerró la puerta. Pronto me encontré solo en mi departamento, y me sentí tranquilo por saberme sólo y, sin embargo, no tan sólo…  No puedo continuar así, no puedo depender tanto de ella. ¿Qué ha hecho de mí? ¿Por qué tarda tanto en venir!

Narda despertó y me besó los ojos. Sus ojos son mucho más feos cuando la veo de cerca. ¨Mira el árbol¨, dijo sin intención. ¨Lo veo, lo he visto docenas de besos¨. ¨De besos?¨. ¨De veces, quise decir¨. Narda es fea, pero… Tal vez sean sus rodillas o sus piernas, no lo sé, o tal vez sea el que me haga pensar. No lo sé. No creo que importe.

Suena la puerta. Ha llegado.

La noche ha llegado, le pido a Narda que nos vayamos. Somos dos tipos feos recorriendo la ciudad más horrible del mundo. Pero a nadie le importa, ya es de noche. La oscuridad debería envolver el mundo entero para que las personas pudieran ver lo hermoso que el mundo es, lo hermosa que es Narda bajo la luz de la luna azul. Lo horrible que es sobre el mar. Dos gatos pasan frente a nosotros, uno blanco y el otro negro, en sus espaldas llevan 2 ratones trompetistas al ritmo de Coleman. ¨ ¿Escuchas?, en verdad son buenos¨, le digo a Narda, ella solo me mira confundida, como siempre lo está, como si buscase respuestas donde no es necesario hacerlo, pero no para ella, sino para mí. La rodeo con el brazo, continuamos caminando, ella se emociona, pero no tanto como la primera vez que la abracé. El camino termina, departamento 616. Narda me planta un beso y se voltea para irse, yo la detengo del brazo, ella se sorprende, en su confusión se congela, amo verla confundida, siempre veo en sus ojos la esperanza de que yo logre sacar a ambos de la confusión. Le pido que pase, ella continua asaltada por la confusión, así que sujeto su mano y la ayudo a pasar. La noche es clara, la luz de la luna ilumina violetamente las copas de los arboles donde las sombras se esconden temerosas. El joven Nietzsche no llora más, al fin se han atrevido a oler las rosas dentro de su bosque. Cierro la puerta. Narda llora. La puerta se abre.

Abro la puerta. Es Narda. ¿Desde cuándo temo no verla? Está llorando, sus lágrimas
La puerta se abre, es ahora mismo Carlos el que entra. Estás seguro, me pregunta. Nunca
resbalan y tocan sus labios, la mezcla de lágrimas y labios culmina en pequeñas gotas de
había estado más seguro antes. Las píldoras te provocarán insomnio, perdida del
café salado que caen al suelo. No resisto verla así, tiembla, tiembla como templo antiguo
apetito, mal de orín y finalmente, pérdida total de la memoria. Por la mañana vendrá
ante la fuerza insaciable de la naturaleza: mi naturaleza. Por qué mentiste?¨, dice
Julio por Narda, yo vendré por ti más tarde. No pueden beber alcohol, ni leche, ni comer
Narda. ¿Por qué? No lo sé… No, sí lo sé, es momento de decírselo, pedirle que se vaya.
carne tampoco pueden hacer el amor. Carlos se va, Narda llora, las píldoras se secan, mi
Haz lo que desees, pero no me mientas. Continua. Así que puede perdonarme todo
duda se acrecienta, pero mi voluntad es precisa, debe serlo. Consigo los dos vasos de agua
excepto la mentira. Pobre Narda si supiera que no la amo Si supiera que le miento cada
Esta píldora es para ti, ésta es para mí. Debes beberla, Narda. Si en verdad me amas, bebé.
vez que le digo que pienso en ella cuando leo a Whitman Es momento de terminar con
Narda llora, se acerca a mí pero la aparto. Permanece tendida en el suelo llorando.
Esto. No más mentiras La espada oculta No más mentiras La espada oculta Necesito una
Terminemos con esto, Narda. Por favor, termina. Bébete la puta píldora, me oigo gritar.
Sombra, pero de carne y hueso La espada descubierta No la amo No más mentiras No soy
No soy yo quien grita. Es Narda la que grita. Me paso la píldora, pasa lentamente, atascada
un poeta, soy un pobre cocainómano No más mentiras viejo Whitman la verdad es que no
Seca, aspera, amarga. Narda toma la suya, la muele y la esnifa. Las paredes son blancas
entiendo, no comprendo tu pantonimia quizá estabas loco Hoja seca sobre hoja de otoño
El techo es negro, Narda es azul y yo morado, los libros del rincón son todos grises,
a adonde te has ido Un árbol su sombra Un hombre la sombra del árbol Dice abuela que tú
Televisión y su estática verde crece cada vez más, el pájaro carpintero toca la puerta,
también eres el amor de mi vida Dijo Narda Narda no me conocía Narda no me conoce
las fotografías se vuelven pálidas y obscenas las manos de hule las respiraciones de
Narda no me conocerá Dice abuela que tú también eres el amor de mi
gasolina y los ojos de bolas 8, escucho el humo escapar, las hojas son verdes como
vida Donde estabas Palemon cuando más te necesitaba este amor? Dice abuela que tú
los prados y el mundo es humo como el humo y el hombre es tierra y el hombre es hoja
también eres el amor mi vida ANCIANA LOCA, HAS tejido el Narda no me
seca y raíz verde y rama azul, al fin, todos lo logramos.
Conocía, Narda no me conoce, Narda no me conocerá lo intentó.

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