SOBRE CELEBRIDADES, REDES SOCIALES Y FANDOMS

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Hablar sobre celebridades es hablar sobre lo que hacemos los domingos por la noche, no tiene ninguna importancia y, sin embargo, abre la oportunidad para que la otra persona se identifique o encuentre una oportunidad de sentirse desafortunado o privilegiado. ¿A quién le importan las celebridades? No a muchos, a Justin Bieber, por ejemplo, lo siguen únicamente 106 millones de personas vía twitter, a Selena Gomez sólo 134 millones en instagram. Los ex presidentes Bill Clinton y George W Bush suman 10 millones juntos. Sin embargo, políticos mucho más mediáticos como lo son Barack Obama y Donald Trump suman 150 millones. ¿Son estos dos últimos celebridades transformadas en políticos? O ¿simplemente políticos conscientes de la importancia del amalgamamiento entre personalidad e interpretación? La diferencia es apenas perceptible.

Para un amplio sector de la población las celebridades son modelos dignos de emulación, de modo que lo que ellos digan o hagan tiene una repercusión innegable en las decisiones de la vida diaria. Pudiera pensarse que siempre ha sido así (los héroes mitológicos, cercanos a las celebridades de hoy día, fueron también en su momento referentes aspiracionales), pero estadísticas de marketingcharts muestran que tan solo durante el 2013, al menos en Estados Unidos, el impacto de las celebridades en la población con respecto a temas mercadológicos no era mayor al 15%, e incluso los comerciales donde aparecían solían ser menos populares. En cuestiones de política, cuando se hablaba de un amigo el 95% de los encuestados decía mostrarse influenciado por las opiniones de aquellos, cuando se trataba de algún familiar  se reducía al 56%  y de bloggers conocidos sólo el 39%; las celebridades estaban muy por debajo. Lo curioso de la encuesta, es que las personas consideraban que Barack Obama entraba en el grupo de influencers junto con algunos otros como Justin Bieber y Lady Gaga. Lo que despierta de nuevo la pregunta inicial sobre la diferencia entre políticos y celebridades.

 

No obstante, en los años más recientes el protagonismo de las redes sociales vino a cambiar las reglas del juego, pues las redes han sido fundamentales en la perpetuación de esta obsesión por las celebridades estableciendo un modelo bidireccional, el cual forja una aparentemente relación más cercana entre fanáticos y celebridades, donde el rol de ser observado cambia constantemente. Este modelo ha provocado grandes dramas contemporáneos.

De momento las redes sociales son defendidas al verlas como herramientas de liberación discursiva donde la esfera pública aún es posible, un icono de esto suele ser la Primavera Árabe; otros (no pocos) las critican ferozmente al verlas como formas  de manipulación y desinformación, un ejemplo reciente de esto es la trama de Cambridge Analytica, una firma que hizo uso de la información personal de los usuarios de redes sociales con fines de propaganda política. Pese a esto último, la crítica de la cual han sido objeto las redes no ha logrado sino ser ignorada por aquellos a quienes se supone se intenta hacer reflexionar: los más jóvenes. Esto puede tener muchas explicaciones, de momento plantearemos dos.

En primer lugar,  el discurso tiene esa particularidad de desfragmentarse un poco más con cada individuo encargado de decodificar el mensaje, para posteriormente mostrar sus verdaderas fisuras en el nuevo proceso de re-codificación social. El proceso se repite de una persona a otra hasta que en determinado momento el mensaje se vuelve estéril, vacuo, un mero jarrón incapaz de almacenar un océano retorico. Si a ello le añadimos el factor de lo viral, el mensaje se compartirá a la misma velocidad con que se censura. Sin embargo, aún con lo efímero del discurso actual, es más probable que la resonancia de una socialite como Kim Kardashian permanezca antes que la de un Peter Singer o un Bunge. Incluso es más atractivo un Stephen Hawking mediático como símbolo del querer-es-poder por encima del físico teórico como símbolo del querer-hacer para querer-poder.

Es segundo lugar, es importante recordar que difícilmente a alguien le agrade la sensación de ver expuesto aquello en lo que tanto cree o confía; ser contradicho por otro es experimentarlo como un arrojo al escarnio público, autentica picota.Al ver sus redes sociales siendo atacadas, la respuesta no es muy diferente. Una alternativa rápida –balsámica en tiempos de aceleración- que el individuo tiene para evitar esto es hacer de otros su grupo, o unirse a uno ya existente para salvaguardar sus creencias más arraigadas. Es probable que las creencias se debiliten con el tiempo, pues evitando el menor de los problemas el individuo se somete a los efectos de los ulteriores. Para su suerte, el grupo continuará ahí para aliviar las dudas que surjan desde su razón, impidiendo la exhibición de las creencias y la desnudez del individuo mediante un cobijo grupal.

Es este el poder del orden intersubjetivo que, para suerte de muchos, no radica en una persona, sino en la conciencia del grupo. Estas creencias intersubjetivas ayudan a que los extraños cooperen según los objetivos de un grupo en común, sean estos económicos, políticos o meramente sociales. Liberarse de ese orden es sumamente complicado, y cuando se logra hacerlo lleva al individuo al aislamiento, lo que trae consigo una presión que lo obliga a buscar pertenecer a otro orden subjetivo. De ahí el problema (moral y práctico) de convencer a alguien, pues se le debe ofrecer el cobijo de otro grupo, o la voluntad necesaria para sobrevivir en un mundo aparentemente aislado. Si le dices a un adolescente inmerso en el mundo digital que lo abandone, ¿qué le ofreces? ¿La realidad? Tomando en cuenta que sería una realidad donde muy pocos participan actualmente. Sería entrar en el problema de la píldora azul o roja. Que le ofrecerías a alguien en el auge de la era industrial, ¿la agricultura? Considerando de nuevo las promesas y los beneficios en los que un amplio número de la población creía cuando aquella parecía significar un progreso en el bienestar social. Por eso las redes sociales son tan populares, porque perpetúan las creencias intersubjetivas. Como una especie de Dr.Jekyll arropamos aquello con lo que simpatizamos y, en cambio, nos volvemos auténticos Mr. Hyde frente a lo que nos provoca repudio

Un grupo de intelectuales ha optado por no atacar directamente a las redes sociales, prefieren instruir un uso mucho más moderado, de este modo logran interactuar con los más jóvenes buscando crear también un modelo bidireccional, pero con fines de reflexión: un modelo bidireccional consciente. Sin embargo, el objetivo de bidirección consciente es aventurado, pues algunos intelectuales digitales pasan a ser idolatrados como imagen popular, transformandose en auténticas celebridades, provocando esto que sus ideas tomen un rol secundario y se vuelvan streaming. No son pocos los que parecen dispuestos a ofrecer dos frases que ganen batallas y seguidores, antes de atreverse a iniciarlas en las conciencias de sus interlocutores; su audiencia sedienta de ideología se complace y se mueve al siguiente video. Y es que es precisamente en Youtube donde el mayor auge han tenido los nuevos pensadores modernos; se puede afirmar que  es posible  aprender en Youtube, pero, siendo honestos, ¿cuál es su fin directo? Del mismo modo que uno puede pretender estudiar recostado sobre la cama, pero,  el cuerpo sabe muy bien los usos que son característicos de la cama. Con esto no debe pensarse que los esfuerzos de algunos pensadores son inútiles, sino que una audiencia poco preparada será incapaz de aprovechar el contenido en toda su posibilidad. Este proceso apenas inicia, y su resultado dependerá de la dirección que tomen sus principales figuras. De momento, habría que preguntarse si la popularidad de filósofos como Zizek, psicoanalistas como Jordan Peterson y comentaristas conservadores estadunidenses como Ben Shapiro radica en seguidores interesados en el contenido  o en la figura mediática.

Más efectivas fueron, por decirlo de un modo, celebridades como Kylie Jenner y Bella Hadid (si usted no las conoce, quizá viva en otra burbuja igual o peor que los amantes de las redes sociales) para influenciar a las nuevas generaciones. Quizá se deba al hecho de que a los adolescentes les es más atractivo un estilo de vida hedonista, donde todo es relativo, por eso la adulación hacia una celebridad, quien tiene todo a su alcance y se encuentra rodeada de gagdets, ropa, videojuegos, viajes recreativos y un sinfín más de características que lo diferencian del adulto promedio. Pero también lo son para muchos jóvenes adultos (20-30) años, quienes parecen semejarse a adultos infantiles (o kidults) en un mundo repleto de capitanes Garfio al cual temen llegar a parecerse. Esto explica, en cierto modo, el fanatismo hacia series de televisión, franquicias e incluso películas de superhéroes. Como explica Juan Diego Aguirre: ¨Los nuevos niños grandes corren por las consolas de videojuegos, los comics, los juguetes retro, o los teléfonos inteligentes¨. Cuando las celebridades nombradas anteriormente comenzaron a usar Snapchat como plataforma principal, lograron re-direccionar a estos ¨niños grandes¨ o adultos infantiles y más aún a adolescentes. Su influencia incluso revirtió esta tendencia tiempo después, ya que hace unas semanas la misma Kylie Jenner hizo que Snapchat perdiera cerca de  1.300 millones de dólares tras un tuit en el que afirmaba ya no utilizar esa aplicación de mensajería, y apostar por Instagram..

Pero las celebridades no sólo logran que millones de individuos cambien de una red social a otra, y es aquí donde llega uno de los temas más importantes en la relación celebridad-fanático, ya que ahora proveen de ideología a aquellos más necesitados de olvido de sí mismos.

El modelo bidireccional, este observar y ser observado, ha dado origen a un nuevo grupo de celebridades liderando movimientos relacionados con los discursos contemporáneos de identidad, raza, género, y la tan generalizada victimización. Atándose a un movimiento u otro, añadiendo versos de ideología mezclados con beats genéricos donde terminan fundiéndose. Utilizando simpáticas pulseras, pings o hash-tags, subiendo historias sobre encuentros con la naturaleza acompañados de la marca de un batido dietético. Las celebridades ya no deben ser  esencialmente ellos, adultos infantiles, sino, además, ser partícipes activos en los movimientos sociales, monetizar la revolución. Pero, ¿cuán abierto puede estar un adulto infantil en temas de interés social, y ¿hasta dónde puede ahondar? Si ver a una celebridad usando yeezys o en su defecto snapchat inspira a sus seguidores a consumir lo mismo, ¿por qué habría de ser diferente con la ideología que pregonan?

Ya sea de manera genuina o simplemente como una forma de marketing, no es raro encontrar en las redes sociales a celebridades proclamando su amor hacia los derechos de las minorías o hacia la diversidad y equidad, defendiendo así movimientos como el feminismo, LGBT, Black-lives-matter, entre algunos otros más donde se hace uso de una jerga gastada como lo son los atributos de reivindicación y empoderamiento, creando una narrativa desordenada en la sociedad. El desgaste de dichos conceptos no hace que el público se aburra de ellos, pero su sentido o su significado son puestos en peligro; si bien el empleo incorrecto que una persona hace de un concepto parece inofensivo, cuando son cientos o miles quienes emplean la incorrección vuelven costumbre el mal uso hasta transformarlo en norma. El poder de las pop-stars permea cada vez más en una sociedad sedienta de modelos a seguir, y lo peligroso es que las celebridades hayan terminado por creer  que es precisamente ese su rol más importante.

Quizá sea momento de marcar un límite. La vacuidad del discurso llega a la desazón. La relación entre celebridades y política se profundiza cada vez más y pareciera no detenerse.  Un claro ejemplo de esto son los comentarios de Kanye West o la presentadora de televisión  Oprah en Estados Unidos sobre considerar definirse como candidatos a la presidencia de dicho país, de igual modo la epidemia de celebridades buscando puestos políticos en México. Algunos apoyan sus decisiones, pues consideran que es momento de que gente del pueblo represente al pueblo. Aquí es necesario preguntarse, ¿son en verdad estas celebridades representaciones fehacientes  del pueblo?

Otro ejemplo es lo sucedido durante la ceremonia de los premios Oscar en el 2016, donde  mediante una campaña #oscar´ssowhite, se abogaba por nominaciones más equitativas entre blancos y afroamericanos alegando opresión en Hollywood. Esto generó opiniones divididas, pues hubo quienes se mostraron preocupados por la brecha racial aún existente, otros, en cambio, se preguntaron si las celebridades son verdaderos símbolos de opresión, y si los motivos de su opresión  eran mucho más importantes que las que el resto de la población afroamericana sufre.

El problema no es que reclamen o se sumen, el problema es el axioma del que se nutren, la mediatización que hacen de la misma, la frivolización y el modo en que vuelven superficial un tema que requiere discusión. Es mucho más sencillo mostrarse a favor delante de los medios mediante un hashtag antes que realmente involucrarse, pero quizá sea imposible involucrarse en algo en lo que no se está realmente interesado.

Muy atrás quedaron esas celebridades únicamente iconos  de la industria, ahora son también líderes de campañas sociales, o peor aún, movimientos sociales iconos de la industria. Pero quizá la audiencia o los fandoms esperan demasiado de las celebridades, pues para estos expresar opiniones sociales de manera genuina es difícil, ya que no dejan de ser personas capaces de abrazar las opiniones en tendencia para proteger su estatus. De modo que, ¿es verdadero activismo o una manera de alcanzar (preservar) la fama? Como en todo, existen excepciones. Sin embargo, es ingenuo pensar que las celebridades -personas quizá no mucho mejor preparadas que el individuo común- sean las más indicadas para ser líderes en cuestiones sociales o políticas.

El verdadero activismo es y debe ser, guste o no, desestabilizador, por lo tanto requiere de soluciones mucho más profundas y demoradas antes que propuestas unilaterales e inmediatas apoyadas o incluso presentadas por las celebridades. Aquel que busque hacer verdadero activismo, quizá nunca llegue a ver el producto de éste. Con todo, es comprensible el respaldo colectivo hacia las soluciones inmediatas, pues el verdadero cambio requiere sumergirse en el pantanoso camino de la política con responsabilidad y compromiso firmes, valores que hoy yacen moribundos precisamente por la relatividad social instruida en las redes sociales e incluso en las facultades; quien busca enseñar debe hacerse responsable de su enseñante, de otro modo sólo crea junkies ideológicos necesitados de mantras pop. No, hacer click sobre el último post o compartir cierta infografía no es comprometerse, no es verdadero activismo.

En una parafraseada, las redes sociales son un auténtico panteón de hechos, campo putrefacto a la espera de una horda de profanadores. Hay que leer los epitafios, destruirlos y sembrar sobre ellos.

*Lector, perdone el uso de anglicismos y personajes que quizá no conozca, pero como dijo un amigo: ¨Es tan importante conocer al Homero popular como al clásico Homero Simpson¨.

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