El lechero y la doble

Escrito por: Mario de la Cruz Arreola

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Había un lechero que estaba enamorado de una joven de su pueblo. A toda hora pensaba en ella y buscaba la manera de acercársele, pero ella lo ignoraba porque un hechizo pesaba sobre ella de tal manera que no podía enamorarse de nadie. Una tarde mientras ordeñaba a su vaca favorita, dijo:

– ¡Ay de mí, enamorado sin remedio, sin ser correspondido! ¿Qué puedo hacer vaquita? ¿Acaso tú conoces un remedio?

– Conozco una forma – dijo la vaca, y por supuesto, el muchacho se fue de espaldas con la sorpresa de escuchar hablar a su vaca que hasta entonces sólo le había dado leche y no consejos.

– ¿Vaca, cómo es que me hablas?

– Tú me dirigiste la palabra. Es de mala educación dejar a las personas con la palabra en la boca. Pero no le digas a nadie que te contesté, o no te voy a dar consejos.

– ¿Acaso tú sabes cómo acercarme a la mujer que amo?

– ¿Guardarás nuestro secreto?

– Claro que sí vaquita.

– Entonces acerca un recipiente porque te voy a dar una leche especial que debes de tomarte en la noche antes de acostarte a dormir. Medio vaso de esa leche te transportará al mundo de los sueños, y allí podrás acercarte a tu amada. Las mariposas te guiarán hacia ella; cuando la encuentres dile: “Si no me quieres y no me amas, tampoco me temes ni me mandas”. Entonces ella podrá venir a ti. Ten cuidado, cuando escuches cantar al gallo debes volver al mundo tangible antes de que amanezca, o quedarás atrapado en el mundo de los sueños.

El joven hizo tal como la vaca le instruyó y una vez en la tierra de los sueños, fue siguiendo a las mariposas hasta llegar a una torre, donde asomada a una ventana alta, pudo ver a la mujer que buscaba; tiró una piedrita a la ventana para llamar su atención, cuando ella se asomó le gritó: “¡Si no me quieres y no me amas, tampoco me temes ni me mandas!” entonces la mujer se convirtió en dos doncellas idénticas, una de las cuales bajó por una enredadera en la pared hasta encontrarse con el muchacho.

La pareja caminó por un tranquilo paraje lleno de mariposas del mundo de los sueños, platicando animados de tantas cosas que el canto del gallo los sorprendió ya tomados de la mano. Se despidieron con un beso y él preguntó:

– ¿Te podré ver en el mundo real?

– Ahí estaremos dentro de la misma persona yo y mi parte atrapada en la torre. Mi otra parte no podrá ponerte atención pero yo buscaré la manera de comunicarme contigo.

El hombre salió de su trance cuando el día amanecía en el mundo tangible. A mediodía fue a buscar a su amada; la encontró parada bajo un árbol mirando hacia las montañas.

– ¿Buenos días, te acuerdas de mí?

– Claro que sí, eres el lechero del pueblo. Todavía tenemos suficiente leche en casa.

– ¿Qué miras en las montañas?

– Al otro lado de las montañas hay una ciudad. Un hombre rico de esa ciudad le entregará a mi padre varios cofres de oro para casarse conmigo.

– ¿Tú quieres casarte con él?

– Mi familia bien puede aprovechar ese oro y yo de todas formas no puedo enamorarme de nadie. El hombre es viejo y tal vez yo sólo tenga que soportar ese matrimonio durante pocos años. Me parece una buena oferta. Discúlpame voy a retirarme, no quiero que nos vean e inventen chismes que echen a perder un buen negocio.

La mujer miró al joven a los ojos, se quitó del vestido un prendedor con forma de mariposa y lo dejó sobre una piedra frente al hombre, luego dio media vuelta y se fue.

El hombre guardó el prendedor en su bolsillo y volvió a su casa. En la noche entró en trance, tal como le había enseñado la vaca, una vez en el mundo de los sueños fue a buscar la torre y a la muchacha. Cuando ambos se encontraron en el lugar de las mariposas, él metió la mano a su bolsillo para sacar el prendedor, que ahora también tenía forma de silbato y de llave.

– Sóplalo – le dijo ella.

Y en el instante cuando escucharon el sonido del silbato, todas las mariposas del lugar se juntaron frente a ellos en una gran mariposa, más grande que dos caballos juntos. Los enamorados subieron en el lepidóptero, volando sobre el paisaje rumbo a la torre, desmontando en la terraza más alta del edificio, donde había una puerta cuya cerradura abrió con el prendedor-mariposa-silbato-llave. Bajaron una escalera y llegaron a la habitación donde se encontraba la doble atrapada.

– ¡Vámonos! – les dijo el muchacho, emocionado.

– Ella todavía está hechizada – interrumpió la doble que lo acompañaba – Te traje aquí para que vieras otra cosa, ven conmigo más abajo en la torre.

El lechero la siguió hasta una cámara subterránea, y ahí en una celda oscura, la muchacha llamó a alguien encerrado para que se acercara a la reja, iluminada por la luz que entraba por el hueco de la escalera. El prisionero era el doble exacto del lechero.

– El brujo que me hechizó, lo hizo para controlar la voluntad  de todos los hombres que se enamoraran de mí. En esta torre hay muchas celdas y dentro muchos dobles de otros hombres, como el tuyo.

– Yo no puedo liberarme – dijo el joven – porque no lo deseo.

– No lo puedes desear, porque estás hechizado.

– Pero deseo liberarte a ti ¿cómo puedo liberarte?

– Necesito que liberes mis pensamientos. Verás, mi doble y yo solíamos ser una persona solamente, y al estar unidas teníamos muchos pensamientos diferentes a la mayoría de las personas. En el pueblo, los aldeanos me decían: “Le cantas a tus plantas aunque no te escuchan, saludas a las aves y no saben hablar, quieres saber por qué el sol se esconde más pronto en invierno… ¡el sol es sólo el sol!”. Y así, de tanto que me criticaban, empecé a dudar de mí misma; busqué al brujo y le pedí que alejara esos pensamientos de mí, pero él me pidió a cambio le permitiera usarme para hechizar a los hombres que se fijaran en mí. Yo accedí, el brujo guardó mis pensamientos diferentes en un cofre debajo de su trono en la última habitación subterránea de esta torre, desde entonces me usa como señuelo para atrapar la voluntad de los hombres.

– Vamos por el cofre.

– No puedes vencer al brujo porque es muy poderoso, te obligará a que le entregues algo a cambio del cofre, algo que a la larga te pondrá bajo su poder, lo he visto engañar así a muchas personas. Pronto cantará el gallo, debes irte.

– Buscaré la manera de liberar tus pensamientos de ese cofre y volveré.

El joven regresó al mundo tangible, se levantó temprano para ir a pedirle consejo a su vaca, la cual después de oírlo, le dijo:

– El brujo te va a pedir que le entregues por escrito el nombre de tu padre. Así tendrá poder sobre tus hijos y los hijos de tus hijos cuando nazcan.

– ¿Cómo puedo evitarlo?

– Hay una manera. Ve al río y sigue el cauce hasta las afueras del pueblo alejándote de las montañas. Llegarás a una pequeña cascada. Debes permanecer sentado bajo la cascada todo el tiempo necesario hasta escuchar un nombre. La cascada te dirá un nombre secreto, recuérdalo bien, escríbelo y escóndelo. Solamente tú debes conocer tu nombre secreto para vencer al brujo. Su poder está en un dije colgado en su cuello, consigue el dije, así abrirás el cofre.

El lechero hizo tal como la vaca le instruyó. En la noche tomó el medio vaso de leche y entró a las tierras oníricas, llamó a la mariposa con el silbato, entró en la torre y bajó hasta la cámara más profunda. Ahí en la oscuridad, sentado en su trono el brujo esperaba.

– Acércate muchacho. ¿Quieres éste cofre debajo de mi trono, no es así? Algo me darás a cambio. Escríbeme en ese papel sobre la mesa el nombre de tu padre y dámelo. ¿No te parece un precio barato por éste cofre?

El joven cumplió con las peticiones del brujo. Al recibir el cofre sin candado, evitó abrirlo, lo puso detrás suyo y le pidió al brujo su dije.

– ¡Silencio, tonto! Ahora tengo poder sobre ti.

– No, no lo tienes. Te quitaré el dije yo mismo.

Con toda facilidad el joven sometió al brujo y le arrancó el pendiente del cuello. El brujo estupefacto lanzaba sus pases mágicos sin resultado; cuando perdió el dije, lanzó un alarido y se desvaneció en una nube de humo negro.

El lechero subió de regreso las escaleras, liberó a su doble, ambos recogieron a la mujer doble entregándole el cofre, ellas lo abrieron volviendo a ser una de nuevo; el lechero también volvió a ser uno; juntos salieron de la torre volando en la mariposa, desde el aire pudieron ver muchos dobles huyendo del edificio por huecos recién abiertos.

Cuando el muchacho despertó en el mundo tangible, encontró en su bolsillo el dije del brujo: un cristal violeta con forma de cuerno. El lechero salió de su habitación, llegó al establo y le preguntó a su vaca:

– ¿Qué puedo hacer con éste cristal?

– Ponlo bajo mi pezuña.

La vaca aplastó la joya, al instante se convirtió en una señora que el lechero reconoció al cabo de un par de respiraciones, abrazándola emocionado.

– ¡Mamá! ¿Qué fue lo que te pasó?

– El bobo de tu padre tenía miedo de que lo abandonara una esposa tan bonita como yo, por ese motivo le pidió al brujo me hechizara para que no pudiera irme de la granja. Siempre estuve a tu lado, hijo mío.

En eso escucharon un fuerte rebuzno proveniente del interior de la casa del lechero.

– Ese debe ser tu padre, al romperse mi hechizo, él quedó convertido en burro.

– ¿Qué podemos hacer ahora?

– Los burros son muy trabajadores. Resistentes. Aunque son tercos, por eso mismo son perseverantes. Un burro tiene muchas cualidades. Nos ayudará mucho con la granja, además sólo será por una temporada, ya se le pasará. ¿Por qué no vas a visitar a la muchacha que rescataste?

El lechero fue a visitar a la joven. La encontró de nuevo bajo el árbol, pero ahora ella miraba hacia el camino por donde él venía: lo estaba esperando.

– Muchas gracias por haberme liberado ¡Tengo tantas ganas de enamorarme!

– Yo también me he liberado. Y ya no me siento atrapado en mi obsesión por ti.

– Felicidades ¿oye, puedo enamorarme de ti?

– Por mí encantado, me gusta mucho sentirme libre junto a ti. ¿Qué pasó con el viejo rico?

– Era el brujo disfrazado, cuando le quitaste su poder volvió a su forma original en el mundo tangible, toda su riqueza era robada. Lo encarcelarán pronto.

La pareja vivió un noviazgo, luego se casó, tuvieron muchos hijos y una próspera granja lechera.

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